jueves, 20 de noviembre de 2014
CAPITULO 8
PAULA
¡Oh Dios! Pensé que estábamos muertos. Fuimos arrojados hacia atrás por la fuerza del impacto. Acostados de espaldas, ligeramente enterrados en la nieve, el alto árbol casi nos hace perder nuestras extremidades. Examiné el lugar para ver a Pedro. Y el miedo se apoderó de mí.
¿Pedro estaba muerto?
—¿Pedro? —lo llamé, una ráfaga de aire visible salió de mis labios hacia el ambiente frio. El frio quebradizo cosquilleaba en mi piel.
Temblé incontrolablemente. No podía controlarme.
Dios, cómo Pedro logró estar parado hace unos momentos con esta glacial temperatura vistiendo su delgada y térmica… ¿Cómo la llamó, sudadera?
Pedro se encontraba acostado sobre su espalda hundido en la nieve, sus ojos se encontraban cerrados.
¡Jesús!
Todo ese aspecto era tan familiar que envió un escalofrió por mi columna y no tenía nada que ver con el frio del aire.
Lucía justo como Joaquin acostado en su ataúd.
No. Detente, Paula.
El miedo cerró el conducto de aire en mi garganta. Cerré mis ojos por un momento, y tomé una respiración profunda antes de abrirlos otra vez. Mi corazón latía con violencia y fuerza, destrozando mis costillas, luché para mantener el control. Mis labios se cerraron, aprisionaron un sollozo, que de otra manera se hubiera escapado de mis labios.
No. Pedro no estaba muerto. No podía estarlo.
No. Por favor, Dios. No
Llegué a su duro, firme y musculoso pecho que se destacaba muy bien bajo su fina y térmica sudadera. Dios, lucía tan en forma. Pedro era un chico guapo. Simplemente impresionante a la vista. El punzante dolor en mi corazón no se iba. Dios, veía como Joaquin.
Pedro era sexy, incluso en un día congelado como hoy.
Tenía los ojos negros más sexis que haya visto en algún chico, con las pestañas largas y negras. Su profunda y exquisita voz, siempre causaba alguna reacción en mi cuerpo. Una reacción muy agradable. Cuando me llamó
después del accidente, pensé que soñaba.
—¿Pedro? —volví a llamarlo, mi voz era débil contra las frías
ráfagas de viento. Mi cabello golpeaba en mi rostro y tomé los rizos sueltos metiéndolos detrás de mí oreja que ardía.
Sabía que podía congelarme pero no pensé que podría suceder tan pronto. A penas podía sentir mis orejas, o mis dedos. Sacudí su cuerpo..
Mis ojos viajaron desde su cara a su negro cabello corto. Y tracé el contorno de sus hermosos y altos pómulos, sus perfectos labios definidos y su sexy barba de varios días de su mejilla. Pedro era hermoso. También era reconocido por ser emocionalmente inaccesible.
Me había gustado primero, antes de que conociera a su amigo Joaquin.
Pero Pedro nunca me dio la hora y Joaquin me pidió que saliéramos.
El viento soplaba junto con la esencia de su colonia, mi nariz capturó el aroma. Olía al perfume Old Spice.
Realmente sexy y caliente.
Ese aroma siempre me volvía loca.
La nieve soplaba tan fuertemente en mi cara que me perdí de ver cómo abría sus ojos.
—¡Oh Pedro! Cuanto me alegro que estés bien —le dije en voz alta, tratando de hacer que suene por encima del ruidoso viento.
Pedro sostuvo la parte posterior de su cabeza con una mano y se puso de pie rápidamente.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí. ¿Y tú?
—Salgamos de aquí. Ahora. —Saltó sobre sus pies como si nada le hubiera pasado.
Silenciosamente, le agradecí al universo por ahorrarme la horrible tragedia de perder a alguien cercano a mí otra vez.
Bueno, más o menos cercano. Pedro era alguien que conocía, no mi alma gemela o algo así.
Demonios, salvó mi vida, pero si no fuera por eso, aun seguiría enojada con él. Cerré los ojos con fuerza y traté de bloquear mis reflexiones negativas en mi cabeza. Todavía me encontraba desgarrada y afligida por la muerte de Joaquin.
Nada iba a quitarme ese sufrimiento.
Por lo menos aún no.
Pedro tomó mi mano.
—Vamos, vayamos a mi jeep.
—¡Mis cosas! —grité, lista para regresar a mi carro.
—Oh, no. —Tomó mi brazo de nuevo—. De ninguna manera
volveremos cerca de tu auto de nuevo. Es demasiado peligroso.
—Pero Pedro, necesito mis cosas.
Ira brilló en su hermoso rostro. ¿Se encontraba molesto conmigo?
¿Se arrepentía de rescatarme? ¿Se encontraba herido?
Dejó escapar un suspiro. Sus deliciosos labios se apretaban en una línea fina.
—Paula, olvídalo.
—Pero… —Me quedé boquiabierta cuando miré hacia mi auto y vi que el árbol se había estrellado en el maletero del auto. No servía para nada. Aunque estuviéramos un poco más cerca, no seriamos capaces de abrirlo. Y ese árbol debía pesar más de mil toneladas o algo así.
Exhalé y vi una ráfaga de aire dejar mis labios.
Recordándome lo frio que se encontraba aquí afuera. Era inútil discutir sobre esto. Nos íbamos a congelar hasta morir.
—Está bien —susurré, mientras me di la vuelta, derrotada.
Mi ropa, mi esquipo de emergencia y todo se encontraba en mi auto. ¡Oh, Dios! ¿Cómo pude ser tan tonta? Debería haberlas puesto en el asiento detrás de mí. Pero de nuevo, ¿cómo se suponía que iba a saber que mi auto quedaría destrozado por una tormenta porque le cayó un árbol?
Me estremecí cuando me moví junto a Pedro, nuestras botas
crujiendo en la nieve debajo de nuestros pies. Me sorprendí cuando me levantó y prácticamente me cargó a través de una pequeña colina de nieve, me bajó y continuó tomándome del brazo para llevarme hacia donde su todoterreno se encontraba parqueado en la carretera.
Gracias a Dios él me vio, de lo contrario, estaría enterrada debajo de ese gran árbol, y aplastada dentro del carro.
El shock de todo esto, lo que me podría haber pasado aún, no se registraba en mi mente. Temblaba incontrolablemente mientras me acercaba al auto de Pedro tratando de sobrevivir.
Pedro se veía como si el frio no le afectara. ¿Qué pasaba con él? ¿No sentía nada?
Atribuí eso a que todo su cuerpo musculoso mantenía el calor en su interior. Pensé que la grasa supuestamente mantenía a una persona caliente, pero probablemente los músculos eran más que suficiente.
Sabía que tenía una tonelada de grasa en mis caderas para
mantenerme en pie. Al menos en teoría.
Me condujo al asiento de pasajero de su auto.
Desde atrás tenía un aspecto persuasivo. Sus firmes y anchos hombros se acentuaban en lo que llevaba puesto y su firme trasero y angostas caderas causó un hormigueo entre mis piernas.
Me avergoncé por tener esos pensamientos sobre él, en un
momento con esté.
Pero, ¿quién podría evitarlo? Era deliciosamente guapo y estaba bendecido con increíbles proporciones. El acervo genético había sido muy bueno con él.
Pedro salvó mi vida.
Sin embargo, todavía no podía entenderlo. Todo pasó tan rápido.
Pedro vino para rescatarme.
Todo esto parecía un loco giro del destino ¿verdad? Me
encontraba con un chico al que despreciaba, pero una parte de mí, en secreto quería que nos reconciliemos. Me encontraba tan encendida por Pedro cuando nos conocimos en noveno grado. Él era tan encantador, fue el primer chico o estudiante que me habló. No era exactamente una chica extrovertida en ese entonces. Me había sentido como si no
encajara, con mis frenillos que ahora ya no tenía, mis lentes, ahora sustituidos por lentes de contacto y mí andrajoso estilo de vestir de ese entonces.
Las chicas se reían de mí disimuladamente en el pasillo de afuera de sus casilleros, pero las ignoraba. No era como si pudiera darme el lujo de enfrentarlas en ese entonces. Pero luego Pedro, el popular capitán del equipo de futbol, caminó a mi casillero y se presentó.
Él había visto a una de las chicas haciendo muecas detrás de mí.
Lo que me gustaba de él en ese entonces, era que realmente no le importaba mucho todo ese asunto de la popularidad, a pesar de que lo querían mucho. No se sentía asustado de apoyar a que llevaba las de perder. Yo pensaba que eso era bastante genial. Algunos de los chicos
pensaban que tenía algún truco o quería entrar en mis bragas. Pero definitivamente no fue así.
Aunque no me lo pidió ni nada por estilo. Me encontraba con él en las prácticas después de la escuela y él salía con Joaquin en ese entonces. Joaquin tomó totalmente agrado conmigo y me invitó a salir el día siguiente.
Me sentía indecisa de salir con él al principio, pero luego me di cuenta de que era sincero. No fue como si Joaquin haya mentido sobre mí diciendo que era fácil o algo así. Nos caímos bien y empezamos a vernos mucho y por supuesto, Joaquin se había distanciado de mí aún más.
No podía entender por qué Joaquin me había ignorado cada vez que lo veía después de eso. No era como si me quisiera para sí mismo. ¿A quién le importaba si su buen amigo o compañero de equipo quería salir conmigo? Supuse que a él sí. Probablemente le molestaba más de lo que me había dado cuenta. La pregunta era, ¿por qué no había hecho
nada al respecto?
Había oído a Pedro decirle a Joaquin que me dejara, como si fuese ayer. Eso rompió totalmente mi confianza en él. Las cosas nunca fueron las mismas entre nosotros.
Supongo que era verdad, es mejor ser bueno con la gente, sin importar lo que pase. Nunca se sabe si su ayuda se necesitará más adelante. La vida podría traer algunos trucos si no tenías cuidado. Uno nunca sabía.
¿Pedro habría detenido su carro, aun sabiendo que era yo?
Por supuesto que lo haría. No era como si fuéramos enemigos y estoy segura de Pedro era alguien que haría lo correcto. Sabía que lo haría. Cualquiera podía estar vulnerable en cualquier momento y el karma era una perra para los indefensos.
—Gracias —murmuré, mientras me ayudaba a subir al asiento del copiloto. El jeep era espacioso. Me había dado cuenta de la distinguida corona con la parte superior en negrita, en la parrilla delantera del vehículo.
¿Pedro conducía un Cadillac Escalade?
La siguiente pregunta que quemaba dentro de mí era: ¿Cómo demonios podía pagar uno?
Había oído que le iba bien en su propio negocio, pero no me había dado cuenta de lo exitoso que era. No era como si alguna vez alardeará de ello.
—Bonito —comenté.
—Ni me lo digas —murmuró, con indiferencia.
Dios, esta tensión entre nosotros me mataba. Pedro se cerraba otra vez a mí. No es que estábamos hablando mucho que digamos.
Pedro encendió el motor y puso el calor al máximo.
—Tenemos que descongelarnos.
—Sí, lo sé. —Miré a mí alrededor en el interior, me quedé atónita.Impresionada. ¡Qué cambio de mi viejo golpeado paseo! Apoyé la cabeza en el reposacabezas de cuero suave y hundí la cabeza en la tela de lujo.
¿Esto era lo que se sentía tener dinero?
—Lo estás haciendo muy bien, Pedro.
—¿Por qué? ¿Debido a mi coche? —Él arqueó una ceja. Bien, lo divertía ahora. Por lo menos no se encontraba enojado conmigo.
—Sí, Pedro —bromeé, rodando los ojos—. Debido a tu coche.
Él me dio una mirada de diversión. Sus profundos ricos ojos
marrones, iluminándose de nuevo.
—No hagas nada estúpido como eso otra vez —murmuró.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Venir aquí sola en un día como este. ¿En qué pensabas? —Su voz era profunda y sedosa, pero me di cuenta que refrenaba su ira.
¿Fue porque él tuvo que rescatarme? O, ¿y por qué demonios se importaba por mí?
—¿Qué hacías aquí? —le respondí.
—Estaba a punto de llenar el tanque con gas antes de la
tormenta. No quería que las líneas de gas se congelaran.
—Cierto. Bien pensado —dije, mirando a su nivel de
combustible—. Está casi vacío.
—Sí, no es broma.
—Lo siento —murmuré—. Probablemente habrías llegado a la estación de gas ahora mismo de no ser por...
—No lo digas, Paula. No te preocupes por eso, ¿de acuerdo? — Parecía ofendido ahora. Podía sentirlo. El duro bulto atorado en mi garganta me hacía difícil de tragar.
—¿Tienes calor? Veo que dejaste de temblar.
Avergonzada, murmuré—: Gracias por notarlo. Sí, estoy bien.
—Bien. —Pedro miró la pantalla de su teléfono celular y maldijo entre dientes—. Aún no hay servicio.
¿Por cuánto tiempo estaríamos varados aquí? ¿Podríamos morir aquí solos en la tormenta de nieve? No había nadie en kilómetros probablemente y el poder de la tormenta parecía haber noqueado la zona. El encapotado cielo gris no ayudaba.
Emociones encontradas surgieron en mi interior. Una parte de mí se encontraba muerta de miedo de estar atrapada aquí en la ventisca, otra parte se sentía aliviada de que estaría con un fuerte, toma — control— Pedro. El calor se precipitó a través de mi cuerpo en el pensamiento de que estemos aquí, solos. Solos contra los elementos.
Las mariposas comenzaron a estallar dentro de mi vientre
tomándome por sorpresa. ¿Por qué reaccionaba a Pedro de esta manera?
¿Fue porque me salvó la vida? Y, oh sí, él puede ser un idiota a veces, pero era un tipo atractivo y caliente. No había dos formas de ello. Tuve que cambiar mi enfoque en otra cosa. Cualquier cosa. Sí, él era de un desmayo; digno ahora, sobre todo ahora.
¿Qué chica no se enamoraría de un hombre que arriesgó su
propia vida y le hizo frente a condiciones inhumanas locas para rescatarla? Estaría loca si no sintiera nada por él. Mi mente todavía daba vueltas por la confusión.
Mis pensamientos se desviaron volviendo al pasado cuando
conocí a Pedro. Dios, era guapísimo, justo como ahora, pero también era un jugador, ahora que lo recuerdo. Un chico malo que rompió muchas reglas, que vivía al borde a veces.
Un misterioso hombre, emocionalmente inaccesible, con un tatuaje rudo en su espalda y bajo su brazo derecho.
Pedro conocía a todo el mundo y todo el mundo conocía a Pedro. La popularidad no era la palabra. Este tipo podría hacer una llamada telefónica y las cosas podrían suceder. ¿Estancado? No hay problema, él tenía un montón de ganchos para salir de una situación pegajosa. La gente le hacía favores todo el tiempo. No era el tipo de hombre con el
que te metías tampoco. Tenía conexiones en todos los niveles desde la calle hasta con Wall Street. Era surrealista.
Al menos eso es lo que había oído acerca de él y de lo que sabía de él. No era exactamente el tipo de persona que presumía o hablaba acerca de su negocio tampoco.
Supongo que otras personas lo hacían por él.
Me hubiera gustado que estuviera en contacto. Tal vez si, tal vez no.
Pedro siempre había sido el tipo del que se hace cargo de todo.
Siempre fue conocido por aceptar cualquier reto y tenía miedo desde que lo conocí. Nada parecía molestarle mucho y siempre fue un hombre con una mente fuerte, lleno de recursos.
Yo había oído una vez que se metió en problemas en la
universidad con la piratería de algún sistema sofisticado. No sabía si era verdad o no, pero no me sorprendería. Siempre fue bueno con las computadoras, ordenadores, contraseñas y entendiendo esas cosas.
Secretamente esperaba que él fuera capaz de hackear nuestra manera de salir de esta tormenta de nieve con vida.
Me di cuenta ahora que no tenía nada en mí. Mi equipo de
primeros auxilios se encontraba escondido en el maletero de mi coche, por no hablar de mis pertenencias. Mi ropa, barras de granola, botellas de agua. Esperaba que Pedro tuviera esas cosas con él, pero lo dudaba ya que no había planeado hacer un largo viaje hoy. Solo un rápido viaje
a la estación de servicio. ¿Quién se hallaba abastecido para esto?
Durante una tormenta, tal vez no habría sido una mala idea.
Nunca se sabe dónde o cuándo te quedarías varado.
Mis pensamientos corrían peligrosamente cuando me senté en el coche de Pedro con calefacción, mirando como los copos de nieve se estrellaban en el parabrisas. Tantas preguntas sin respuestas me atormentaban. Mis emociones parecían salirse de control.
¿Por cuánto tiempo estaríamos varados aquí? ¿Tendríamos
suficiente combustible para seguir en camino? ¿Seríamos víctimas de nuestro propio aburrimiento o del silencio? ¿De qué hablaríamos?
Éramos solo nosotros aquí, solos.
Estábamos desnudos en nuestra propia inseguridad.
Vulnerable el uno al otro.
Probablemente debería renunciar a la idea de llegar a Nueva York por un tiempo. Mi corazón palpitaba en mi pecho ante la idea. Ahí va mi nuevo trabajo. Mi manera de salir, cuando se trataba de mi carga de deudas insuperables. Aspiré una profunda inspiración, mi caja torácica quemando. Probablemente me lastimé uno o dos músculos cuando me eché hacia atrás por la fuerza de la caída del árbol por las ráfagas de viento.
¿Estábamos esperando ayuda o esperando la muerte?
CAPITULO 7
PEDRO
—¿Estás bien? —pregunté, después de que me las arreglé para conseguir abrir la puerta del conductor. Dios, se veía tan fuera de sí. El shock de descubrir a Paula en este accidente me golpeó con fuerza. Me tomó por sorpresa.
Apagué el motor inmediatamente antes de atenderla.
—¿Paula? —La agonía de verla así hizo que su nombre se clavara en mi garganta. Una guerra de emociones rugía dentro de mí. Los sentimientos encontrados aumentaron dentro de mi sangre, pero me agarré de algún pedazo de control que tenía—. Paula soy yo, Pedro. No te preocupes. Voy a ayudarte, ¿está bien? —Le froté los hombros y le
levanté la barbilla, parecía aturdida.
Solo de pensar en ella sentada aquí, solo Dios sabiendo cuánto tiempo, herida y con dolor hizo que mi estómago se apretara firmemente. Me di cuenta de la herida sobre su ojo derecho.
Probablemente se golpeó la cabeza durante el impacto.
Me acerqué a la caja de pañuelos cerca del sostenedor de vasos en su coche y cogí un montón para presionar en la herida y detener el sangrado. Dios, su piel era cálida pero se hallaba húmeda.
¿Por qué diablos fue Paula?, de todas las personas, estando aquí en el medio de la nada en un día de tormenta como el de hoy. ¿Estaba loca? No podía creer que viajara sola en esta tormenta de nieve. Pero no era mi lugar juzgarla en este momento. No podía creer mi suerte en toparme con ella aquí.
Moví mi mano al panel de la puerta y traté de bajar sus ventanas para que todo el aire del interior salga.
Por supuesto, no pasó nada. Me di cuenta que apagué su motor.
Me moví de su lado y agarré la pala y empecé a cavar la nieve que se encontraba alrededor de su tubo de escape. Mis manos se encontraban casi adormecidas con una sensación de picazón.
¡Grandioso! Dejé mis guantes en el coche. Eso fue muy
inteligente. Supongo que a veces la gente hace cosas estúpidas cuando va a ayudar a alguien que lo necesita. Como asegurarse que ellos mismos estén bien. La última cosa que necesitaba era congelarme. Pero realmente no me preocupaba por mí mismo en estos momentos. Tener a
Paula segura era mi única preocupación ahora.
Una sensación de pesadez luchó en mi estómago. Mi pecho se sentía como si fuera a estallar. ¡Oh, Dios! No podía creer que Paula se encontraba aquí. Claramente se encontraba lesionada y podría morir en mis brazos. Metí la mano en mi bolsillo y saqué mi teléfono.
¡Mierda!
No hay servicio.
—Paula —grité, tratando de mantener su conciencia—. No vas a morir aquí Paula. ¿Vas a estar bien?
Ella gimió.
Bueno, eso era algo. Por lo menos fue capaz de hacer un sonido.
Sus ojos aún permanecían cerrados, mientras se inclinaba hacia atrás en el reposacabezas. No quería sacarla del coche todavía. No quería que se muriera de frío. Dios, no quería perderla. No ahora. No después de verla por primera vez en seis meses.
¡Imagínense eso! De todas las veces de ver a Paula de nuevo, ella apenas sabía que yo me encontraba aquí. Ni siquiera sé si sabía dónde se encontraba. Como un fanático obsesivo, seguí revisando mi teléfono celular para ver si había señal.
La pantalla del teléfono decía: "Sin servicio".
¡Mierda!
—Vamos —murmuré. El latido del mi corazón se aceleró con
fuerza en el pecho. Seguí abrazando a Paula para asegurarme que se hallaba bien y si mantenía la temperatura tanto como sea posible.
Me hubiera gustado tanto ver a Paula de nuevo. Pero no de esta manera.
¿Cuáles eran las probabilidades de encontrarme con ella de esta manera? Llámalo una coincidencia, el destino o una predestinación, pero sea lo que sea nunca se sabe cuándo dos vidas podrían chocar y cambiar para siempre. Tuve una sensación nauseabunda de que esto iba a ser uno de esos momentos y la sensación me dejó intranquilo.
Siempre fui un chico con control y que podía pensar en una manera de salir de cualquier cosa y todo. ¿Pero esto?
¿Cómo podría el destino jugar con algo tan cruel como esto? Me hubiera gustado estar en ese vehículo y no Paula.
Pensé que no podría vivir conmigo mismo después de hoy, si algo le sucedía. Apreté los dientes, la ira hervía a través de mí. Todo este tiempo la llamaba a su celular. ¿Por qué no contestaba su teléfono? Tal vez ella ya se había
estrellado. ¡Oh, Dios! ¿Qué pasa si llegué demasiado tarde?
Momentos más tarde, Paula parecía volver en sí después del vigorizante aire fresco que la rodeo. Bien. Eso era casi tan bueno como administrarle oxígeno. Había una botella de agua en el asiento del pasajero a su lado así que me acerqué para agarrarlo. Giré la tapa para abrirla, incliné su cabeza hacia abajo y se la acerqué a los labios. Sus ojos se abrieron. Sus grandes y hermosos ojos marrones me vieron momentáneamente antes de beber de la botella. El agua se derramó de sus labios. Sus ojos salvajes se suavizaron sutilmente. Me sentí aliviado de que sus ojos se iluminaran un poco.
—¿Estás bien, Paula?
Una expresión confusa tocó su cara, probablemente
preguntándose qué demonios hacía allí con ella.
Asintió con la fuerza que le quedaba. —Sí —murmuró, su voz sonaba ronca y agrietada.
Una pesadez se centró alrededor de mi pecho de nuevo.
Odiaba verla así. Miré a la pantalla de mi teléfono celular de nuevo. Aún no había servicio. Por lo visto, parecía que la electricidad fue golpeada en el área por la tormenta de nieve.
Volví mi atención a Paula. Mi sangre bombeaba duro y rápido por mis venas. Lamentablemente la sangre también se apresuró a mi área de la entrepierna. Sí, fue una idea brillante vestirme con pantalones vaqueros ajustados y una sudadera fina en un día como hoy.
Hablando de un mal momento. Lástima que no podía controlar la respuesta automática en mi cuerpo como podía controlar otras cosas.
Solo esperaba que ella no lo viera. No quería que se hiciera ideas equivocadas ni nada. Paula se hallaba indefensa y necesitaba ayuda en estos momentos, no a un tipo que se encontraba sinceramente excitado por su cercanía.
El viento colaba a su dulce aroma de perfume en mis fosas
nasales. Eso no ayudó. Paula se hallaba allí, delante de mí.
¿Qué se supone que debía hacer ahora? Llevaba un suéter azul de corte bajo que abrazaba su piel. Dios, su escote se veía hermoso. ¿Por qué no podía haber estado más cubierta hoy? Mientras me acerqué a desabrochar su cinturón de seguridad, la calidez de su cuerpo provocó una reacción caliente en mi área de la ingle. Rápidamente me alejé
después de deshacer el cinturón de seguridad. ¿Por qué tenía este loco efecto en mí? Y precisamente ahora.
—Mi cabeza —gruñó mientras apretaba la mano a la frente.
—Tuviste un accidente y te saliste de la carretera —dije en voz baja, tratando de ocultar mis emociones. La nieve y el viento soplaban con fuerza, mechones de su cabeza volaron a su cara e instintivamente me acerqué para quitar los rizos sueltos de su vista, pero me agarró la mano para detenerme.
—Está bien —dijo, su voz más aguda ahora. Bueno. Por lo menos se encontraba consciente. Sus grandes ojos marrones se clavaron en los míos. Parecían superficiales. Ilegibles.
—Gracias —susurró.
—¿Por qué?
—Por ayudarme. Por salvar mi vida —murmuró.
—Solo hice lo que tenía que hacer. Incluso no tenía ni idea de que estuvieras en este coche cuando vi que se salió de la carretera.
Ella miró hacia abajo. Sus labios se apretaron. Sus grandes ojos marrones estudiaron la parte superior de mi cuerpo.
—¡Oh, Dios mío! ¿No tienes frío? Entra. —Su abrumadora
preocupación por mí, me tomó por sorpresa. Herida y, sin embargo, se encontraba preocupada por mí. Había una tensión quebradiza entre nosotros. Podía sentirlo en mi estómago. Una tensión tácita más su cálida bondad interior surgió en este día frío.
—Es térmico. Me mantiene caliente —me referí a mi delgada
sudadera—. Solo se ve como si fuera delgada. Pero no te preocupes por mí. Tenemos que asegurarnos que estás bien.
—Voy a estar bien, Pedro.
Los vellos de mi piel se erizaron. Por la forma en que susurró mi nombre, sin aliento al final de la frase. Era la primera vez que había pronunciado mi nombre desde la muerte de Joaquin. Era la primera vez que me había reconocido durante los últimos seis meses.
—Mira, tenemos que conseguir ayuda. Evidentemente, tienes un poco de humo de monóxido de carbono.
—¿Cómo?
—Deberías haber quitado la nieve de tu tubo de escape antes de retroceder. Probablemente no te diste cuenta de que la nieve lo había cubierto y después manejaste por la pila de nieve... quiero decir, que te resbalaste por la pila de nieve.
Puso los ojos como si estuviera enojada y apoyó la cabeza en el reposacabezas, el aire frío seguía soplando en el interior del coche.
Hacía demasiado frío para ella, mis ojos contemplaban su pecho inconscientemente. Sus pezones se endurecieron como piedras a través de su camiseta.
¡Mierda!
Deja de mirar, Pedro.
Moví mis ojos por el interior del coche.
—Está bien. La mayoría de los conductores tienen el mismo error.Se olvidan de comprobar su tubo de escape para asegurarse que esté limpio para que los humos no regresen al interior de su vehículo.
-¿Dónde te diriges?
-A la ciudad.
Alarmado, le respondí con una voz fuerte pero no intencional.
—¿Hoy? ¿Sola? ¿Estas…?
—¿Loca? —Terminó por mí, levantando la cabeza de nuevo—. Probablemente. Pero no todos pueden permitirse un pasaje de avión en estos días.
—Eso no es lo que quise decir, Paula.
Me miró y me dio una mirada en blanco. No, era más de dolor y sufrimiento crudo. Realmente no podía culparla. La última vez que habíamos hablado, después de la muerte de Joaquin, realmente la menosprecié. Me encontraba enfadado por muchas cosas y probablemente me desquité con todo el mundo a mí alrededor. Había un oscuro secreto que juré no decir y me partía el alma en pedazos el saber que Paula no podía saber la verdad. Toda la verdad. Debido a que esto tenía que ver con ella más de lo que podía saber.
Dios, esto lo arruinaba completamente. ¿Por qué no podrían ser diferentes las cosas entre nosotros? Está bien, no me encontraba listo para ella cuando nos conocimos inicialmente porque sabía que era una buena chica y yo estaba... bueno, muy mal. No quería dejarle cicatrices.
La dejé sola. Pero ahora me preguntaba si había hecho lo correcto.
Como un ladrón en la noche, Joaquin entró en escena y me apuñaló por la espalda, tomando a la única chica con la que quería algo. La chica que había planeado tomarla en serio después de que mis días salvajes hubieran terminado. Pero, ¿quién sabía que él iba a invitarla a salir en primer lugar?
Sin embargo, Paula no me creería si le dijera eso.
Y definitivamente se pondría de su lado si supiera toda la verdad a cerca de él. Pensaría que estoy hablando mal de los muertos. Tratando de cambiar los hechos. Pero nada podría estar más lejos de la verdad. Ahora la única cosa en mi mente era, ¿qué demonios protegía para no decir nada
acerca de esa noche?
Como si pudiera leer mi mente, levantó sus ojos a los míos.
Una expresión en blanco vistió su rostro. ¿Qué demonios pensaba? ¿Seguía enfadada conmigo acerca de la muerte de Joaquin? ¿Me echaba la culpa por lo que pasó esa noche y por no decirle la verdad? Dios, sus ojos siempre me hipnotizaban. Paula no era como las otras chicas. Era dulce
e inocente, al menos hasta que comenzó a ver a Joaquin.
El resentimiento se grababa en mi sangre por lo que le hizo, lo que la llevó a creer en él. Jódete Joaquin. La sola visión de sus inocentes y confiados ojos hizo que mi sangre hirviera.
Fue fácil engañarla.
—¿Tu celular tiene servicio? —pregunté, sin mirarla. No quería ninguna otra reacción en mi cuerpo por estar viéndola.
—Um... ¡Oh, mierda!
—¿Qué pasa?
—El cargador de mi teléfono celular. Lo dejé en casa. Trataba de encontrar una tienda abierta para comprar otro. No tengo mucha batería.
—Está bien. —No, no estaba bien, pero no quería que se sintiera mal para que sepa cómo eso era malditamente peligroso para nosotros en estos momentos. Podríamos morir congelados antes que la ayuda viniera.
—Mira. ¿Por qué no vienes a mi jeep? —le dije, notando que su tanque de gasolina se hallaba prácticamente vacío—. Es a pocos pasos de distancia. Mi coche es más visible para los equipos de emergencia.
Me miró indecisa al principio. Se mordió su labio rojo inferior por completo. Cristo, mi pene saltó. Sus deliciosos labios siempre me encendían. Me encantaban las mujeres con labios carnosos y sensuales.
Llevaba este lápiz labial rojo brillante en sus labios y mis sentidos condujeron a lo salvaje. Me preguntaba cómo sabrían en mí…
Luché conmigo mismo. Tuve que mantener mis sentimientos bajo control. Sí, díganselo a mi cuerpo. Este no era el momento ni el lugar.
Teníamos que volver a un lugar seguro, ahora.
La tormenta de nieve se hizo más fuerte. Los fuertes vientos y la nieve que soplaba nos rodearon. Teníamos poco visibilidad. Las ráfagas de viento deben haber estado golpeando a cuarenta kilómetros por hora o algo así. Fue tan loco.
En ese momento oí el sonido del gran árbol cayendo hacia el coche.
¡Mierda!
El árbol se venía abajo y nos iba a aplastar. Miré a la línea de teléfono por encima de las ramas. ¿Era así como nos iba a juntar nuestro destino? El árbol comenzó a inclinarse y caer. El peso solo nos aplastaría junto al coche.
—Paula —grité.
Estiré la mano y la agarré, tirando de ella desde el coche.
Ella miraba hacia atrás de mí hasta que miró al árbol que caía. Sus ojos se abrieron en estado de shock, me apretó y soltó un grito infernal.
—¡No pasa nada! ¡Solo tienes que moverte!
El choque fue fuerte y el suelo a nuestro alrededor se estremeció.
Parecía que todo había terminado para nosotros.
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